Free Web Hosting by Netfirms
Web Hosting by Netfirms | Free Domain Names by Netfirms

Documento sin título
Ir a índice de artículos sobre arte
Ir al inicio
Leonardo Da Vinci N° 8, noviembre-diciembre de 2003
 
Machado 1928
 
Machado por C. Ruíz
 
Camino del exilio en 1939
 
Machado por Gaya Valencia
 
En un mítin en Valencia
 
Machado por Vázquez Díaz
 
Machado por su hermano José
 

Antonio Machado

Por Silvio E. Avendaño C.
Profesor de Filosofía y Letras, Universidad del Cauca

Existe en Antonio Machado el paisaje interior en el cual la evocación poética se vuelve la única posibilidad de hacer la vida aceptable. En la evocación poética nada recuerda el ascetismo, la inmaterialidad o el deber. Antonio Machado conoció los horrores de la existencia y experimentó la angustia de la soledad, y quizá por eso necesitó de la evocación deslumbrante que le mitigara el dolor de la existencia y que le dulcificara el horror de la vida y de ahí sacó aliento y fuerza para vivir. Por eso cuando se mira hacia la intimidad del poeta, el paisaje aparece ocre, canela, pardo y gris, azafranado y polvoriento, donde a veces ni siquiera un cactus quiebra la desolación. Sin embargo, de esa sequedad nace el manantial de lo poético. Por eso, llama la atención como cuando se lee su poesía quizá la impresión primera que da es de armonía, sin embargo, cuando se busca un más allá en sus versos se encuentran las roquedas: arenales y tristezas, piel y pena, congoja y luna. La evocación poética de Machado encierra la desolación:

Buena es el agua y la sed
Buena es la sombra y el sol
La miel de flor de romero
La miel del huerto sin flor.

Solo la flor es diminuta, además el romero es amargo y el huerto sin flor no da miel...Sin embargo, en medio de la desolación para poder vivir se ve impulsado por la catarsis interior, por la purificación si se quiere, por una alegría interior profunda en la contemplación de las imágenes dulces de los sueños, quizá para hacer posible esa imagen que le dé aliento a la vida cotidiana que pierde toda su fuerza en la prosa de las horas y los días. Sin embargo, hay una fuerza altiva, un poder de transformación del dolor en transfiguración:

Anoche cuando dormía
Soñé: bendita ilusión
Que una colmena tenía
Dentro de mi corazón
Y las doradas abejas
Iban fabricando en el
Con las amarguras viejas
Blanca cera y dulce miel.

Ante el dolor el hombre puede refugiarse en el mas allá, soñar un mundo distinto ante la miseria del valle de lágrimas. El estoico se refugia en el mundo interior, allí busca el lugar el campo para la autonomía. El escéptico es destruido por la pena y entonces llega a la desilusión total, tanto de él como de su mundo, para cuajarla en vanidad de vanidades todo es vanidad. Antonio Machado no llega a esas posiciones. No inventa los dioses del Olimpo, ni tampoco el Dios cristiano, escarnecido y lágrimas, carnero y culpa, muerte y cielo. Tampoco se refugia en esa filosofía popular para la cual todo es oropel.
Antonio Machado encuentra en el amor, en la vocación del amor ausente, la fuerza necesaria para poder vivir:

En la desesperanza y en la melancolía
De tu recuerdo, Soria mi corazón se abreva.

En la evocación poética de la amada Antonio Machado descansa y en la evocación moral. El sueño poético le permite una brecha por donde no puede penetrar el tiempo. Cada día el recuerdo, convertido en evocación, le da un estado de maravillosa emoción, en el que el entendimiento carece de conceptos y el lenguaje se hace poesía:

¡Álamos de amor que ayer tuvisteis
De ruiseñores vuestras ramas llenas;
Álamos que seréis mañana liras
Del viento perfumado en primavera;
Álamos de las márgenes del Duero,
Conmigo vais, mi corazón os lleva!

Antonio Machado nace en Sevilla el 26 de julio de 1875. Azorín, muerto a la edad de 93 años, en 1967, habría de dar el nombre de generación del 98 a todos aquellos escritores que fueron contemporáneos con el final de los tiempos de las colonias españolas de ultramar, y que no encontraron la verdad de aquella dolorida y triste España. Antonio Machado es uno de ellos, quien escribe sobre los recuerdos:

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
Y un huerto claro donde madura el limonero
Mi juventud, veinte años en tierras de Castilla
Mi historia, algunas cosas que recordar no quiero.

Antonio Machado se remite al recuerdo. Como artista logra un sentimiento en la naturaleza, mira las cosas, las conmueve, las canta. Antonio Machado es poeta porque sabe interpretar la emoción del paisaje: se repliega en interiores. Sin embargo, este replegarse en el mundo de la interioridad, no significa en ningún momento que no tenga una posición política. A su vez la posición política brota de la intimidad, esta unida con ella:

Hay en mis versos gotas de sangre jacobina
Pero mi verso brota del manantial sereno;
Y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina
Soy, en el buen sentido de la palabra bueno.

Viaja de Madrid a Soria, de Soria a Madrid, Madrid a los Baeza, de Baeza a Madrid, Madrid a Segovia, de Segovia a Madrid, unas cuantas idas a París, en un tren despacioso caballo percheron, rondando los rieles, con vagones de primera, de segunda y de tercera clase, arrastrados por una locomotora negra, salpicada de brasas de carbón, respirando vapor y devorada por el tiempo:

Yo, para el viaje
-Siempre sobre madera
De mi vagón de tercera
Voy ligero de equipaje.
Si es de noche, porque no
Acostumbro a dormir yo
Y de día, por mirar
Los arbolitos,
Yo nunca duermo en el tren,
Y sin embargo, voy bien.
¡Este placer de alejarse!
Londres, París, Ponferrada
Tan lindos... para marcharse.
El tren camina y camina
Y la maquina resuelta
Y tose con tos ferina
¡Vamos como una centella!

1907. En Soria, este profesor de francés, conoce a Leonor Cuevas, de quien se enamora y lleva al altar. Antonio Machado es feliz... pero la felicidad dura poco, como en los cuentos de hadas. Ella muere en 1911. El mundo íntimo, el mundo de la belleza y el amor se desploma. El mundo del sufrimiento emerge. El paisaje poblado de amor y de ternura se va desolando, queda desierto, despojado de recuerdo, sin aliento y sin vida:

La plaza tiene una torre,
la torre tiene un balcón,
el balcón tiene una dama,
la dama tiene una flor.
Ha pasado un caballero
-¡Quién sabe por qué pasó!-
Y se ha llevado la plaza
con su torre y su balcón
con su balcón y su dama
su dama y su blanca flor.

Ante la soledad interior y vital el estremecimiento. Ante el monologo terrible de la muerte, ante la ausencia se puede buscar la eternidad, se puede llegar a lanzarse ante los ojos de lo infinito. Antonio Machado, sin embargo, se rebela. Si es Dios quien le ha arrancado el amor no viene la resignación, el espíritu acongojado ante los designios de la eternidad. No llega Antonio Machado a la conciencia desgraciada que busca consolación en el mundo del más allá. Lo inmutable no es la salida, no se busca la consolación en los brazos de la eternidad:

Señor, ya que me arrancaste lo que más quería
Oye. Otra vez, dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad, se hizo contra la mía
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mía.
Hay en la poesía de Machado muchas vetas que no es posible explorar en este pequeño trabajo. El llama la atención, dentro de la multitud de temas que brotan del manantial sereno de su pluma, la imagen de la frívola España:
La España de charanga y pandereta,
Cerrado y sacristía
Devota de Francueslo y de María
Ha de tener su mármol y su día
Su infalible mañana y su poeta...

Y dentro se de esa espada frívola esos personajes representan de tahúres y logreros, de calaveras y razanderos, quizá los últimos vestigios de una aristocracia de barbas apostólicas, amante de las sedas y los oros de la sangre de los toros, del humo de los altares y de la manzanilla:

Al fin una pulmonía
mató a don Guido, y están
las campanas todo el día
doblando por el ¡din dan!

Dicen que tuvo serrallo
este señor de Sevilla;
que era diestro
en manejar el caballo
y un maestro
en refrescar manzanilla.

Cuando mermó su riqueza,
era su monomanía
pensar en que pensar debía
en asentar la cabeza.

Y asentola
de una manera española
que fue casarse con una
doncella de gran fortuna
repintar sus blasones,
hablar de las tradiciones
de su casa
a escándalos y amoríos
poner tasa
sordina a sus desvaríos.

Gran pagano,
se hizo hermano
de una santa cofradía,
el jueves santo salía
llevando un cirio en la mano

Antonio Machado contrapone a la España frívola esa otra espada, que logra encarnar poéticamente en Castilla, de colinas plateadas, grises alcores, cárdenas roquedas, esa Castilla melancólica, esa España decrépita, en la cual sus gentes huyen como los ríos, hacia la mar. Castilla imagen de España, aparece desierta y muerta. El paisaje es la sequedad, tanto a nivel de la naturaleza, como en la vida de los hombres. Machado muestra la situación del hombre español a principios de siglo. Castilla –trajinantes y arrieros, de ojos inquietos, de mirar astuto- mendigos rezadores y frailes pordioseros, botoneros, tejedores, arcadores, perailes, chicarreros, lechuzos y rufianes, caciques y tahures y logreros ... La situación que se genera y que se hace evidente luego de la pérdida de las últimas colonias.

En 1898, no es solo un hecho a nivel del mapa, donde los cambios políticos hacen aparecer nuevos colores y donde la Cuba pasa a otro amo, sino que España se estremece y pone en duda su identidad, el glorioso pasado desmoronado poco a poco:

El Duero, cruza el corazón del roble
de Iberia y de Castilla.
oh tierra triste y noble
la de los altos llanos, yermos y roquedas
de campos sin arados, regatos ni arboledas
decrépitas ciudades, caminos sin mesones
y atónitos palurdos, sin danzas ni canción
que aun van abandonando el mortecino hogar
como tus ríos, Castilla, hacia el mar.

La pérdida española no es solo a nivel del poder colonial al comienzo del siglo veinte, es una perdida que ha afectado la ortografía interior, la situación espiritual, árida ocre y de plata. Veamos esa soledad, campos de convento

Filósofos nutridos de sopa de convento
contemplan impasibles al amplio firmamento
Y si les llega en sueños, como un rumor distante
clamor de mercader es de muelles de levante
no anudaran siquiera a preguntar ¿Qué pasa?

El mundo espiritual español se ha quedado en la contemplación, sin mayor interés por los problemas del presente, por la situación vital... además, el hombre está escondido y presa del alcohol.

En todas partes he visto
caravanas de tristeza
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra

España miseria... desierta... el mundo de la política no trae ninguna esperanza. La política es un círculo vicioso. Para acercarnos a la situación vayamos a un pueblo pequeño, que bien puede ser Soria o Baeza, entremos en cualquier tahona pidamos un vino y sentémonos en un rincón:

Yo no se
Don José
Como son los liberales
tan perros, tan inmortales.
Oh tranquilice usted
pasados los carnavales
vendrán los conservadores
buenos administradores
de su casa

La vida política se encuentra cerrada porque no ha sabido solucionar los problemas del áspero suelo. Las obras del famoso progreso no aparecen y si lo hacen aparecen pálidas y titilantes. Quizá en Soria o Baeza se quitaba dos o tres veces el servicio de luz. En una noche:

Anochece
el hilo de la bombilla
se enrojece
luego brilla,
resplandece
poco mas que una cerilla.

Quietos, eternos, sin una sombra de pecado, sin movimiento, y sin sonido del reloj, se vive en una tiempo que es un mar muerto.

En estos pueblos se lucha
sin tregua con el reló,
con esa monotonía
que mide el tiempo vacío.

Y España que tiende hacia el desierto, hacia ese empobrecimiento físico de la meseta castellana, azafranada y polvorienta, que se va desmoronando, sin arboledas pues en tiempo de Felipe II y la famosa armada invencible, la destruyó para convertirla en maquina de guerra, vive, sin conciencia de la situación... se vive urgido por la necesidad, en búsqueda del pan y la vivienda.

El hombre se estos campos que incendia los pinares
su despojo aguarda como botín de guerra
antaño hubo raído los negros encinares
talados los robustos robledos de la sierra.
Hoy ve sus pobres hijos huyendo se sus lares
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares
y en los paramos malditos, trabaja, sufre y yerra.

España desgarrada, empobrecida, decrépita... con el paso de los años va surgiendo solución que hoy podemos ver y quizá recordar... sin mayor escalofrío, el enfrentamiento fractariza.

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
no fue estos campos en bíblico jardín
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Cain.

Y el resultado: la Guerra Civil Española, en la cual hubo dos triunfadores: la dictadura y la muerte. Machado no alcanzo a mirar en toda su magnitud el final de la guerra. Frente a este colapso se recuerda y se añora a otra España a esa España medieval que luchó contra los moros conquistando a Valencia... a la España que conquistó y sometió a América... con sangre y a punta de cruz y espada. Una España para siempre perdida en el tiempo y el recuerdo:

Castilla no es aquella tan generosa un día
cuando mío cid el de vivar volvía
ufano de su nueva fortuna y opulencia
a regalar a Alfonso las huertas de valencia
o que tras la aventura que acreditó sus bríos.
Pedía la conquista, la de los grandes ríos
indianos a la corte, la madre de soldados
guerreros y adalides que han de tornar cargados
de plata y oro a España, en regios galeones
para la presa de cuervos, para la lid de leones...

Por eso Antonio Machado, el sevillano, vivió adolorido en esa España, maltrecha, decrépita, de ocre y azafrán.

Castilla miserable ayer dominadora
Envuelta en sus harapos, desprecia cuanto ignora.

Antonio Machado muere el veintidós fe febrero de 1939, huyendo de España, a la que cantó, a la que amó. Huye de España en el triste final de la Guerra Civil Española. Muere en el invierno, muere en la hieda, en un pueblito francés en el invierno, de la frontera, Collioure, junto a los Pirineos.

Y al cabo, nada os debo; debeísme cuanto he escrito
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
El traje que me cubre, y la mansión que habito
El pan que alimenta y el lecho donde vago.
Y cuando llegué el día, del ultimo viaje
Y está a partir la nave que nunca ha de tornar
Me encontrareis a bordo, ligero de equipaje,
Casi desnudo, como los hijos de la mar.



         
     
Volver al comienzo del artículo